ESQUISSES

La marginación de la lengua

En la estación del subte de Montebello, una niña con cara tan árabe que parecía mexicana, como diría al revés el Roncagliolo, quizá aprendía a gritar o quizá tarareaba en su lengua.

La niña cantora se pone en cuclillas frente a un hombre como si estuviera viendo un maniquí, quien sabe qué tan añejo es, la cara de la gente que sobrevive el día a día no es tanteable, no sale fácil calcular los años, sólo guardan en los pliegues el eco del clima al que están expuestos, esa piel a medio morir a medio vivir se tinta.  Gotitas carmín se desplazan por las rugocidades de su entrecejo, grafiteando distintos laberintos, y la niña sin asomo de parpadeo se pica la nariz como Lolita en plena masturbación, caen los guardias de seguridad, gritan; los liliputenses se apartan, pero la escultura en rojo se mantiene a dos pies y los oficiales a capela van en decibeles hasta el susurro, lo único que pasa es que el barro rojo comienza a cuartearse. Una mujer se acerca al indigente, quizá para ayudarlo, quizá para abrazarlo, quizá para matarlo, no importa, los guardias la detienen con tal torpeza que casi le arrancan el niqab, el alboroto se derrite.  Los uniformados empiezan a ponerse los guantes para desalojarlo, por fin el vagabundo responde, abre la boca y escupe los litros de sangre que le quedan dentro.   Es todo lo que tenía que decir, es todo lo que tenía. Que despreciaba este mundo, que vomitaba su vida, que se vaciaba en los vivos. Y la niña, hecha Lola, ahogó su sordera en otro aparador que televisaba a Banksy.

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